Con el precioso líquido en la mano, Silvia llegó al castillo. Era majestuoso, todo blanco con torres de oro.
Sin pensárselo, la chica se puso a escaladar un muro cubierto de hiedra ; a lo primero, su vista se nubló pero poco a poco el miedo desapareció.
Entró por una ventana. ¡Cuántos pasillos ! ¡Cuántas habitaciones ! Tuvo que abrir muchas puertas antes de encontrar a Enrique. Los dos hermanos se abrazaron un rato muy largo llorando.
— Ya sabía que vendrías a salvarme, nunca dudé de tu coraje, le dijo el muchacho.
Pero de pronto oyeron pasos : Málfico venía a matar a Enrique.
Silvia se escondió detrás de la puerta y cogió un candelabro que estaba sobre una mesa. Cuando entró el monstruo, le pegó en la cabeza. Este cayó. Entonces le ataron los brazos y los pies.
Unos minutos después al despertarse, Málfico aulló de rabia e intentó liberarse. Mientras tenía la boca abierta Silvia le echó un trago de antídoto. De repente, una luz inundó la sala y cuando desapareció, en vez de un monstruo, había un guapísimo muchacho.
Ya no era Málfico sino Marco que acababa de recobrar su apariencia humana.
Y colorín, colorado.... No, no, no, así no se acaba el cuento.
Source : Canopé académie de Toulouse